miércoles, 9 de abril de 2008

Mors imperatrix mundi

Éste es un aljófar de sabor amargo. Nació tras alimentar mi espíritu con una perspectiva trágica de la existencia. Ya sabes a qué me refiero. Dionisos se alzó con el cetro de tirso en mi conciencia y me bautizó en el cáliz de la vida. Me sumergió hasta las heces. Allí vi que el mundo había cambiado y que ya no había camino de regreso a Ítaca.

Mors imperatrix mundi

"Pues nada hay sin duda más mísero que el hombre
de todo cuanto camina y respira sobre la tierra."

Homero, Ilíada, Canto XVII, versos 446-447

¡Escucha, mortal, la voz del lúcido aedo
que tañe y canta la muerte de todas las cosas!
No seas como el necio que cree que por sus obras
lo recordarán dioses y hombres venideros
y, afanándose, en vano poder, gloria, amor duela.
¿No te cubre y oprime desde tu nacimiento
un sudario húmedo que se ciñe a tus miembros?
Con el paso de la cazadora, negra y queda,
pierden su vigor, que al arrimarse estrecha el cerco.
¿No cubre un hedor de muerte toda la tierra?
El que te abrumó en el despertar de tu conciencia
y desvirgó tu gorja con un primer lamento:
de llanto, sangría y osar el avahante aroma.
¿Qué esperanza albergas? ¡Vida gafa! ¡Ser leproso!
Si has descuidado los altares, ritos y templos,
¿qué dios sufrirá por ti y te redimirá ahora?
¡Sabe que no hay ninguno! ¡Sabe que no hay consuelo!
Que sólo eres pasto de vermes, carne de fosa.
Mira cómo se abre el abismo por donde asoman
las infaustas fauces de los perros del infierno.
Ladran con una música que el corazón hiela,
pues de donde vienen reina un vacío perpetuo.
¡Mira cómo se marchita todo lo hermoso!
Perece lo amado, se arruina la belleza,
a las empresas humanas las quiebran los vientos.
La taimada muerte se oculta entre las rosas
y su fragante voz destaca entre las alondras.
¡Oh, Señora de la vida, de inmortal imperio!
Ser recordado y perdurar no me reconforta
en el peán de los poetas engarzado en mil versos,
pues hoy plañen por los hombres, mas no son eternos.
¿Les oyes? Su elegía cubre toda la tierra.
Partirá el rapsoda, morirá el último aedo,
la forminge enmudecerá, callarán las cuerdas.
Se hará así el silencio en derredor de las estrellas
entorno cuyo sólo danzarán mundos yertos.

martes, 30 de octubre de 2007

Arden

Mira que me aventuro a mostrarte este aljófar. Cuídate de él, que más que calmar la sed, la excita. No puede ser de otro modo. Es hijo de las estrellas y de las entrañas: una corona solar que hubo de rezumar por mis poros. Ya debes saber que tú (¡sí, tú!, ¿de qué te admiras?) me prendiste.

Arden

Arden, arden los ojos y se prende el cuerpo.
Se ocupa impaciente la mente en el deseo.

Libar dulcemente tu néctar con cien besos;
aferrar y devorar tiernamente tus pechos;
aspirar jadeante el perfume y tacto de tus cabellos;
alzarte en brazos para luego arrojarte al suelo;
yacer sobre ti, poseyéndote, en cualquier lecho;
abrazarte y susurrarte cuánto te voy a echar de menos.

Así ocupo mi mente, impaciente, y espero
verte y tocarte y tenerte por entero.

jueves, 18 de octubre de 2007

Vid entre vides

He aquí el segundo aljófar. Se condensó una madrugada de verano, el parto escondido de mi espíritu. Sus versos son la expresión de un anhelo ya largamente olvidado.

Vid entre vides

Dulce vendimia de aquel año
cuando recoja el vino de tus labios...

Tú has sido para mí vid entre las vides,
la más bella de los árboles de mi huerto.

Cuando la caricia del alba recibes,
se prende y brotan de mi corazón yermo,
a la luz del aljófar de tu carnosa pulpa,
ayes, tiernos suspiros y lamentos
porque venga ya el día, madura tu fruta,
que me des a conocer tus sabores secretos.

Dulce vendimia de aquel año
cuando recoja el vino de tus labios...

martes, 16 de octubre de 2007

Se agapo




He aquí que te doy a probar el primer aljófar. Se condensó en estos versos una mañana de invierno ya lejana. Aunque emplea nombres de antaño habla de un amor presente.




Se agapo





Cara me era Briseida, caro de sus mejillas
el arrebol; honor y gloria, ¡me eran caros!
Y bien sabe el Dios, sangre hubiera manado
por mi broncínea espada de su carne ahíta
de no mediar Atenea de ojos glaucos.

Apartárate de mí el codicioso Atrida,
estéril fuera el consejo mesurado
de la pertrechada diosa de ojizarco
rostro en nevada cumbre del Crónida nacida
para contener la mi cólera maldita
o de la argéntea empuñadura la mano.

lunes, 15 de octubre de 2007

Incipit

Un poema no es más que, como dice Bécquer, una cadencia de un himno mucho mayor, jirones de una melodía inconmensurable, incognoscible, pues somos parte de ella. Un poema, pese a su belleza no es más que un caricato de la vida, y de la vida del hombre. En algunas de estas cadencias hay reminiscencias de nobles y altivos acordes. En otras, la mayoría, se percibe el eco de una tímida nota. Una mariposilla de fuego, rápida, escurridiza, agónica. Es puro sentir y, si se comprende, hiere. No se puede curar, porque desgarra en lo íntimo.

Esos versos son como pequeñas perlas de vida, gotas de rocío de la aurora de los sentidos.

Son aljófares con que mi índice humedece tus labios.