Mors imperatrix mundi
"Pues nada hay sin duda más mísero que el hombre
de todo cuanto camina y respira sobre la tierra."
Homero, Ilíada, Canto XVII, versos 446-447
¡Escucha, mortal, la voz del lúcido aedo
que tañe y canta la muerte de todas las cosas!
No seas como el necio que cree que por sus obras
lo recordarán dioses y hombres venideros
y, afanándose, en vano poder, gloria, amor duela.
¿No te cubre y oprime desde tu nacimiento
un sudario húmedo que se ciñe a tus miembros?
Con el paso de la cazadora, negra y queda,
pierden su vigor, que al arrimarse estrecha el cerco.
¿No cubre un hedor de muerte toda la tierra?
El que te abrumó en el despertar de tu conciencia
y desvirgó tu gorja con un primer lamento:
de llanto, sangría y osar el avahante aroma.
¿Qué esperanza albergas? ¡Vida gafa! ¡Ser leproso!
Si has descuidado los altares, ritos y templos,
¿qué dios sufrirá por ti y te redimirá ahora?
¡Sabe que no hay ninguno! ¡Sabe que no hay consuelo!
Que sólo eres pasto de vermes, carne de fosa.
Mira cómo se abre el abismo por donde asoman
las infaustas fauces de los perros del infierno.
Ladran con una música que el corazón hiela,
pues de donde vienen reina un vacío perpetuo.
¡Mira cómo se marchita todo lo hermoso!
Perece lo amado, se arruina la belleza,
a las empresas humanas las quiebran los vientos.
La taimada muerte se oculta entre las rosas
y su fragante voz destaca entre las alondras.
¡Oh, Señora de la vida, de inmortal imperio!
Ser recordado y perdurar no me reconforta
en el peán de los poetas engarzado en mil versos,
pues hoy plañen por los hombres, mas no son eternos.
¿Les oyes? Su elegía cubre toda la tierra.
Partirá el rapsoda, morirá el último aedo,
la forminge enmudecerá, callarán las cuerdas.
Se hará así el silencio en derredor de las estrellas
entorno cuyo sólo danzarán mundos yertos.
de todo cuanto camina y respira sobre la tierra."
Homero, Ilíada, Canto XVII, versos 446-447
¡Escucha, mortal, la voz del lúcido aedo
que tañe y canta la muerte de todas las cosas!
No seas como el necio que cree que por sus obras
lo recordarán dioses y hombres venideros
y, afanándose, en vano poder, gloria, amor duela.
¿No te cubre y oprime desde tu nacimiento
un sudario húmedo que se ciñe a tus miembros?
Con el paso de la cazadora, negra y queda,
pierden su vigor, que al arrimarse estrecha el cerco.
¿No cubre un hedor de muerte toda la tierra?
El que te abrumó en el despertar de tu conciencia
y desvirgó tu gorja con un primer lamento:
de llanto, sangría y osar el avahante aroma.
¿Qué esperanza albergas? ¡Vida gafa! ¡Ser leproso!
Si has descuidado los altares, ritos y templos,
¿qué dios sufrirá por ti y te redimirá ahora?
¡Sabe que no hay ninguno! ¡Sabe que no hay consuelo!
Que sólo eres pasto de vermes, carne de fosa.
Mira cómo se abre el abismo por donde asoman
las infaustas fauces de los perros del infierno.
Ladran con una música que el corazón hiela,
pues de donde vienen reina un vacío perpetuo.
¡Mira cómo se marchita todo lo hermoso!
Perece lo amado, se arruina la belleza,
a las empresas humanas las quiebran los vientos.
La taimada muerte se oculta entre las rosas
y su fragante voz destaca entre las alondras.
¡Oh, Señora de la vida, de inmortal imperio!
Ser recordado y perdurar no me reconforta
en el peán de los poetas engarzado en mil versos,
pues hoy plañen por los hombres, mas no son eternos.
¿Les oyes? Su elegía cubre toda la tierra.
Partirá el rapsoda, morirá el último aedo,
la forminge enmudecerá, callarán las cuerdas.
Se hará así el silencio en derredor de las estrellas
entorno cuyo sólo danzarán mundos yertos.
